Un sistema de salud ocupacional se juzga por lo que ve cada persona que lo usa: el médico en la consulta, el prevencionista programando vencimientos, la portería decidiendo un ingreso y la empresa mandante consultando a su gente. Estas son ocho de esas pantallas, elegidas porque muestran lo que ningún otro sistema reúne, y lo que cada una deja fuera a propósito.
Todo empieza acá. Si la ficha no le sirve al doctor, el resto del sistema no se alimenta.
Identificación, antecedentes, datos vitales de urgencia y la historia de atenciones. Es la misma ficha que los doctores usan hoy en consulta real, no una versión recortada para la industria: sobre ella se agregó la capa de faena, y no al revés.
Más de dos mil códigos CIE-10 con autocompletado. Codificar no es burocracia: es lo que después permite ver que en un turno o en un área se repite un mismo problema. Sin código, esa señal se pierde entre descripciones escritas de veinte maneras distintas.
La atención a distancia sirve para la faena remota, donde el médico rota cada siete días. La pantalla incluye el bloque donde se deja constancia de que se entregó la información y de que el paciente manifestó su voluntad, que es lo que la ley de derechos del paciente exige.
Aquí ocurre la traducción: el acto médico se convierte en una decisión operacional, sin que el diagnóstico cruce.
El médico no escribe un párrafo: elige el estado y las restricciones del catálogo. Esa codificación es la que permite que el sistema sepa, después, que una restricción bloquea justamente la tarea que el trabajador va a hacer hoy. Un texto libre no puede bloquear nada.
Es el único acto que solo el médico puede ejecutar. Delegarlo en el área de prevención convertiría una decisión clínica en una decisión administrativa.
La respuesta a la pregunta de la faena, con el detalle de qué falta cuando la respuesta es no: un curso vencido, un elemento de protección pendiente, un control del día sin hacer. Si el bloqueo es de salud, aparece como tal y sin la causa: el prevencionista sabe que debe derivar al policlínico, no por qué.
Quién puede pasar, quién está adentro y quién quedó fuera. Esta es la pantalla que hoy reemplaza a la planilla de exámenes impresa que circula en la caseta, con la diferencia de que aquí nunca aparece un resultado clínico: aparece el estado y lo que falta.
Saber quién está adentro no es una comodidad: ante una evacuación, es la lista que importa.
La mandante consulta el estado de su dotación en lugar de recibir exámenes por correo. Ve si la persona está habilitada y qué le falta cuando no lo está, siempre que no sea de salud. Cuando el bloqueo es clínico, lee «no habilitado por evaluación de salud» y debe consultar al prestador. Cada consulta queda registrada.
Es el reemplazo técnico de la cesión de datos de salud entre empresas: deja de recibir el dato y pasa a consultar un estado.
Dos ejemplos de cómo cambia la exigencia según el rubro, con el mismo motor detrás.
El examen de hipobaria intermitente crónica, su vigencia y la restricción que bloquea la faena en altura. Es el caso donde la mandante suele imponer sus propios umbrales clínicos, y donde el sistema los evalúa dentro del recinto para emitir hacia afuera solo el resultado.
En una demostración recorremos el ciclo completo: la atención en el policlínico, la aptitud emitida, la respuesta en portería y el expediente del día. Si su realidad no calza con lo que el sistema hace hoy, se lo diremos en la misma reunión.
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